La lluvia. El cielo. El humo de mi cigarrillo que no logra penetrar mi piel. No era noche pero tampoco día, ese instante en el tiempo que a un lado es claro, al otro lado es oscuro. Aquel pedazo de tiempo en que todo parece posible. Tan sólo veo como mi pensamiento se eleva, y se eleva, y se eleva… ¿A dónde ira? Y así es, supongo, la soledad.
Susana. La calle. El ruido de los carros que no lograba turbar su caminar. Sí, ella siempre tan altiva, con un encanto un tanto heredado, un tanto falso, un tanto de todo y de nada. Indescifrable ella. Como cargar con un signo de interrogación nunca fue fácil para una mujer, ella se logra esconder tras cientos de maneras, se logra camuflar. Navega y navega, es toda una artista en el arte de ser quien quiera ser. ¿Quién no quisiera un trozo de Susana? Consuelos, consuelos de tontos gritan a lo lejos. Hay que devenir Susana, muchísimas Susanas.
Gregorio. En la esquina, con audífonos. La música que lo volvía imperturbable. La melodía tarareable de Françoise Hardy que lo hacia sonreír. Radiante él, siempre con el apunte perfecto. Aquella enciclopedia a la que se acude cuando se busca la palabra exacta en el momento no indicado, para así sonreír indiscriminadamente ante la inteligencia virgen. Y allí está Gregorio, pero nadie se atreve a tocarlo. Hay animales dormidos que es preferible no despertar, por miedo o por respeto, por simple precaución. Hay animales dormidos que son mejores en sus sueños.
Ana. Bajando del taxi. Pagando una carrera mínima, pues odia caminar. “el camino- dice ella- se hizo para aquellos que tienen tiempo de andarlo. Yo estoy corriendo, siempre, pero contra el incesante peso del tiempo”. Ama a Dalí, siempre lleva una foto de Salvador, su gato, en la agenda. Revisa su reloj, mujer que pelea con el tiempo, y caminar con prisa. En sus brazos algunos papeles, un abrigo, una sombrilla, el control de su vida. Se le ven inmensos agujeros en sus deseos, en su vida. Las polillas han logrado entrar hasta su cama y roerle la calma, han logrado hacerla vulnerable desde adentro. Una gran onda siempre tiene su epicentro en algún punto de su estomago, y se va transmitiendo desde adentro, siempre, siempre desde adentro, y cuando llega a la piel, es que Ana, suspira.
Pablo. Sentado en el café. Leyendo la carta de postres. Sonríe, sonríe con la inmensa alegría que da la ingenuidad. No tiene hambre, de nada: de conocimiento, de amor, de poder. Pablo nunca tiene hambre, a menos que sean las 12 del día, y su madre e invite a almorzar una deliciosa sopa. Él tan solo se alimenta de aquellas simples cosas que le pueden traer pequeñas alegrías, una gotita de lluvia resbalando en la ventana, una mosquita zumbando en su oído, una nubecita dibujada en la carta de los postres. Que bella ingenuidad Pablo, sigue así, el mundo siempre logra corromper cualquier destello de simplicidad, cualquier destello de sentirnos llenos. ¿Qué postre iras a ordenar?
Y ahora, tengo cuatro personas mirándome. Preguntándome desde diferentes espacios ¿Qué voy a hacer con ellas? Siempre las ideas me llegan hasta aquí. Hasta este punto en que cualquier buena historia me señala y me refuta ser contada, y corre muy, muy rápido, y yo no sé correr. Y ahora, tengo cuatro personas.